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Emprender no debería ser sinónimo de sobrevivir: el desafío de hacer crecer los negocios 

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Chile cuenta con miles de mujeres que han convertido ideas, oficios y oportunidades en negocios. Sin embargo, el desafío ya no debería ser solo que más mujeres emprendan, sino que puedan lograr que sus negocios crezcan y se consoliden.

Chile es un país de emprendedores. La frase se repite con orgullo y, en buena medida, refleja una realidad. Detrás de miles de pequeños negocios existen personas que decidieron transformar una idea, un oficio o una necesidad en una fuente de ingresos. Pero hay una pregunta que debemos hacernos: ¿estamos generando las condiciones para que las mujeres emprendan o simplemente para que puedan sobrevivir?

La Octava Encuesta de Microemprendimiento muestra que el 40,7% de las personas microemprendedoras en Chile son mujeres. Se trata de una fuerza económica relevante, que genera ingresos, moviliza territorios y sostiene a miles de familias. Sin embargo, este porcentaje por sí solo no permite dimensionar las dificultades que enfrentan muchas de ellas para hacer crecer sus negocios.

El 86,8% de las personas microemprendedoras trabaja por cuenta propia, mientras que solo el 13,3% es empleadora. Estas cifras reflejan uno de los principales desafíos del ecosistema emprendedor: crear un negocio es solo el primer paso. El verdadero salto ocurre cuando ese negocio logra crecer, contratar personas, innovar, acceder a nuevos mercados y generar mayor valor.

En el caso de las mujeres, este desafío se vuelve aún más complejo. Durante años hemos celebrado su capacidad de “hacer mucho con poco”: vender por redes sociales, atender clientes, administrar las finanzas, comprar insumos y resolver cada aspecto de la operación mientras, en muchos casos, también deben hacerse cargo de sus hogares y familias.

Quizás sea momento de dejar de romantizar esa capacidad de hacerlo todo.

Una emprendedora que pasa la mayor parte de su tiempo resolviendo las tareas operativas difícilmente tendrá espacio para pensar estratégicamente en cómo hacer crecer su negocio. Por eso, uno de los grandes desafíos es lograr que más mujeres puedan dejar de trabajar solamente en sus negocios y comenzar a trabajar también para hacerlos crecer.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente la perspectiva.

El acceso a capacitación, financiamiento, tecnología y redes comerciales puede aumentar la productividad y abrir nuevas oportunidades. La incorporación a cadenas de proveedores puede permitir llegar a nuevos mercados, mientras que la digitalización de procesos puede liberar tiempo para concentrarse en decisiones estratégicas. Cuando una emprendedora comienza a contratar, además, deja de ser únicamente una trabajadora independiente y se transforma también en generadora de empleo.

Por eso, no basta con contabilizar cuántos emprendimientos se crean cada año. También debemos preguntarnos cuántos logran sobrevivir, crecer y consolidarse. Cada negocio que consigue dar ese salto genera un impacto que va mucho más allá de su fundadora: crea empleos, moviliza proveedores y beneficia a familias y comunidades.

En este desafío, el sector privado tiene una oportunidad concreta. Las grandes empresas pueden ir más allá de los programas de apoyo o concursos y abrir sus propias cadenas de valor a las pymes, generar oportunidades comerciales y facilitar el acceso a mercados que muchas veces parecen inaccesibles. La colaboración entre grandes empresas y emprendimientos puede convertirse en una herramienta efectiva para impulsar el crecimiento.

Desde la experiencia de quienes trabajan diariamente con emprendedores y pymes, queda claro que el talento no es el principal problema. Hay mujeres con excelentes productos, servicios e ideas en cada región de Chile.

Lo que muchas veces falta es acceso: acceso a redes, clientes, conocimiento, financiamiento y, sobre todo, a oportunidades concretas para crecer.

Por eso, el desafío del emprendimiento femenino no debería medirse simplemente por cuántas mujeres están emprendiendo. También debemos preguntarnos cuántas emprenden porque encontraron una oportunidad y cuántas lo hacen porque no encontraron otra alternativa.

El objetivo debería ser que sus negocios no dependan exclusivamente de su esfuerzo personal, sino que puedan transformarse en empresas sostenibles, competitivas y capaces de crecer.

Chile necesita más que historias inspiradoras de mujeres que lograron salir adelante. Necesita generar las condiciones para que esas historias puedan convertirse en negocios que crezcan, generen empleo y tengan un futuro sostenible.

El desafío, entonces, es dejar de medir el emprendimiento femenino solo por su capacidad de nacer y comenzar a preocuparnos, con la misma fuerza, por su capacidad para crecer.

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